Así empezó todo:

"Conocí La Cuadra gracias a mi padre. Como maestro del pueblo, mi padre consideraba que su deber era ayudar a los vecinos en las duras tareas del campo. En nuestros pocos días de sol, segar la hierba, secarla y almacenarla en balagares y facinas (varas de hierba), eran nuestro campamento de verano". Yo tenía unos 6 años y mi amor por aquella Cuadra de Jesús el Catalín se hacía más apasionado cada verano. En esas fincas te encontrabas todo tipo de animales, jugabas y soñabas, veías la playa a tus pies y podías bajar a darte un chapuzón o a jugar al fútbol.


Cuando ya recogíamos las cosas para irnos a casa, las impresionantes puestas de sol nos daban un extra de tiempo maravilloso. Aquella Cuadra que ya era la casa donde nuestras madres preparaban el almuerzo y la merienda, estaba en el paraíso. En cuanto empecé a trabajar le pregunté al dueño si estaría dispuesto a dejármela. Un apretón de manos selló nuestro acuerdo. Jesús el Catalín era un paisano de los pies a la cabeza. Y un apretón de manos suyo tenía más validez que cualquier contrato redactado por el mejor bufete de abogados.